miércoles, 21 de junio de 2017

Ante la persecución de la iglesia y de los cristianos, el mejor arma es la autodefensa

Estamos asistiendo a un “goteo” continuo de agresiones contra los símbolos y lugares sagrados para los católicos. Algunos de ellos han quedado totalmente impunes, lo que a su vez facilita el que se sigan produciendo cada vez con más frecuencia, inquina y destructividad. Los medios de comunicación cierran rápidamente la noticia, quedando en el olvido y despareciendo de la memoria consciente de la comunidad. Si miramos en perspectiva nos produce la sensación de que hablamos de casos aislados, sin planificación, obra de un loco. Pero la situación es muy diferente: sacrilegios, atentados con cócteles molotov, interrupción de actividades litúrgicas, amenazas  y, lo que para mí es más grave, con el beneplácito, la complicidad  y alentada por un sector de la izquierda política española que se muestra incapaz de asumir democráticamente la diversidad y empeñada en la tarea de imponernos su ideología al precio de la libertad de expresión, de pensamiento y de conciencia.


La otra mejilla.

Para algunos creyentes sólo nos queda la resignación. El amor a los que nos persiguen, a nuestros enemigos, perdonar a los que nos ofenden, la puesta en valor del martirio, teológicamente malentendido. Esto, aún siendo cierto, no es de aplicación generalizada, ni puede darse de forma indiscriminada. Dios no nos puede pedir que seamos hasta tal punto masoquistas. Dios nos pide no tomar la iniciativa en los enfrentamientos, aunque sí defendernos de los agresores. Dios nos permite la Legítima Defensa. Todo lo demás conduce a un buenismo totalmente subjetivo que nada tiene que ver con la mansedumbre que nos pide el evangelio.  

La legítima defensa

En un Estado Democrático de Derecho, el Estado tiene la obligación de velar por los  derechos de todos los ciudadanos. Ningún ciudadano puede ser perseguido o discriminado, ni por sus creencias, ni por sus ideas. Como suele repetirse, casi estereotipadamente, todos somos iguales ante la ley, todos tenemos los mismos derechos e iguales obligaciones.

¿Qué hacer cuando el Estado, en una clara dejación de sus funciones, ni persigue, ni castiga a aquellos ciudadanos que violan los derechos de otros ciudadanos?. ¿Qué hacer en situaciones de desprotección e  indefensión jurídica? . La única salida posible para el que posee un mínimo de dignidad personal, es la autodefensa, porque el Estado no cumple las obligaciones de un estado democrático y justo, que vela por los derechos de todos los ciudadanos sin exclusión. Porque el amor a nosotros mismos, y su vertiente social del amor al prójimo, salvaguardar nuestra propia dignidad,  “constituyen un principio fundamental de la moralidad”, sobre la que nadie puede arrogarse el derecho de menospreciar o pisotear.

Por ello yo apelo a los cristianos a decir ¡basta!,  a utilizar cualquier procedimiento legítimo para defenderse de las agresiones de las que está siendo víctimas. La ley les ampara en el uso de cualquier instrumento proporcionado y encaminado a protegerse de los agresores. Es cierto, que en cualquier acción pueden existir dos efectos, uno deseado y consistente en impedir la agresión, y otro, u otros, no intencionados, ni deseados, aunque necesarios para poder defenderse. La defensa frente al que agrade no es sólo contención, sino que también conlleva la agresión como efecto indeseado, aunque inevitable, en el proceso de autodefensa.

Lo que sí es evidente es que no estamos en tiempos de los romanos, ni ante el genocidio de la Revolución Francesa, ni el genocidio de la Guerra Civil Española, ni de los crímenes de Stalin, ni de Hitler. Estamos obligados éticamente a impedirlos.

 La Iglesia tampoco es la misma. Hoy es una iglesia para los pobres, para los parias de esta sociedad de consumo e insolidaria. Por tanto, no sólo nos debemos a nosotros mismos, sino también a aquellos que dependen de nosotros para poder subsistir. Sería la autodefensa como defensa de los pobres.  Al menos, en tanto en cuanto esa izquierda anticlerical y cristofóbica– que no toda la izquierda –  demuestre que le interesa más el ser humano que el poder. Hasta hoy ha sido incapaz de demostrarlo por dónde quiera que pasea y ha “paseado”.

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